Yaskawa Motoman acaba de nacer y ya es camarero. No es que tenga una vocación muy precoz, es que Yaskawa Motoman es un robot.

Trabaja en Bangkok (Tailandia), en el Hajime, un restaurante japonés en el que se sirve shabu-shabu, esa suerte de parrillada-fondue con la que el comensal se cocina los alimentos y luego los moja en toda una carta de salsas.

Yaskawa tiene otros tres compañeros de trabajo, jóvenes como él y muy eficaces y aunque no cobran nada por sus servicios, le han costado más de un millón de dólares a su patrona, Lapassarad Thanaphant, dueña del establecimiento.

A simple vista, Hajime es un lugar normal. Una decoración delicada, un ambiente agradable y unos precios más que aceptables. Pero no hay que dejarse engañar por las apariencias, pues en este restaurante no hay nada común.

Los clientes de Lapassarad se sientan a ambos lados de la barra y piden su comida pulsando sus preferencias en una pantalla táctil de última generación. Poco rato después, oyen como una voz les avisa de que su mesa está a punto de ser servida.

No avisan porque crean que sus clientes son despistados: lo hacen porque saben que, además de por la comida, sus clientes vienen al Hajime para ver el espectáculo.

El show consiste en ver a cuatro robots sirviendo las mesas. Cuando el pedido está a punto, Yaskawa y sus compañeros aparecen en escena, con los platos bien agarrados gracias a sus manos articuladas, y sirven con pulcritud y precisión la comanda.

Cuando han terminado, el robot pasa y lo recoge todo sin romper un plato. Y por si todo esto fuera poco, estos singulares camareros amenizan la velada de los comensales bailando al ritmo de música popo, la preferida de la dueña del local, aunque si lo pide con antelación, pueden poner otra más acorde con los gustos del consumidor.

Viendo el desparpajo que se gastan estos camareros, no es extraño que alguien se pregunte cuánto tardarán en ascenderlos a chef.